Cuida tu mente


Cuida tu mente

El bienestar emocional protege la salud física y viceversa, una mala salud física perjudica la mente. Por tanto, mantener la mente sana pasa, entre otras cosas, por mantener unos hábitos de vida saludables. A su vez, una buena salud mental favorece el pensamiento positivo y con él se afronta mejor el día a día.

La mente es la que nos permite tomar decisiones, imaginar, memorizar, sentir, reaccionar ante estímulos físicos… Cuando la mente y el cerebro se ejercitan y “están en forma” la calidad de vida es mejor. Si quieres saber más sobre salud mental y cómo favorecerla, en MSD Salud tienes más información.

La mente

La mente es el conjunto de capacidades relacionadas con el conocimiento, como la memoria, la imaginación, la percepción, el pensamiento, etc. La actividad mental permite llevar a cabo tres tipos de procesos: conscientes, inconscientes y procedimentales.

Mantener un buen estado de salud implica también mantener una mente sana. De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) define la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”.

La relación entre la mente humana y su entidad física, el cerebro, es todavía hoy un misterio. No obstante, el conocimiento actual revela que las funciones mentales son el resultado de la actividad cerebral. Por tanto, el cerebro condiciona los procesos mentales y, a su vez, la mente es capaz de actuar sobre los procesos cerebrales.

Mantener la mente sana

La Organización Mundial de la Salud (OMS) se refiere al bienestar mental como un estado en el que la persona es consciente de sus propias aptitudes y es capaz de hacer frente a las presiones diarias, lo que le permite trabajar de forma productiva y contribuir a la comunidad.

La buena salud mental es parte integral de la salud. Así que, no hay salud sin una mente sana, e igual de importante que es mantener la salud física, también es fundamental mantener la salud mental y cuidar nuestro cerebro. Éste es uno de los órganos fundamentales de nuestro cuerpo. Sin embargo, como no duele es habitual que se olvide la importante función que desempeña para tener un buen estado de salud general. Y ¿Cómo cuidar la mente/cerebro? Como dice una célebre frase “Mente sana en cuerpo sano” (del latín, Mens sana in corpore sano).

Una mala salud física daña la mente, de la misma manera que el bienestar emocional protege la salud física. El vínculo salud física y salud mental es bidireccional. Por tanto, mantener la mente sana pasa, entre otras cosas, por mantener unos hábitos de vida saludables:

  • Mantener la mente activa mediante actividades que estimulen la actividad cerebral como, por ejemplo, leer, escribir, bailar, aprender otro idioma, escuchar música o asistir a eventos culturales.
  • Fomentar las relaciones sociales y afectivas. Es importante interesarse por las cosas que ocurren alrededor, lo que puede hacerse al conversar con los vecinos, al participar en actividades de grupo o al colaborar en acciones sociales.
  • Intentar no estresarse y ver la parte positiva de las cosas. La risa es una buena técnica para combatir el estrés.
  • Practicar con regularidad ejercicio físico moderado. En función de las condiciones de salud y la edad, se puede practicar un deporte concreto o realizar uno o dos paseos al día de 30 minutos como mínimo.
    Si a nivel muscular se pierde fuerza, elasticidad, resistencia, también se deterioran las capacidades mentales: capacidad de atención, de concentración, de razonamiento, de memoria…
  • Seguir una dieta equilibrada. Es clave evitar el sobrepeso y para ello la dieta mediterránea tradicional es la más adecuada. En definitiva, comer frutas, verduras, pescados y evitar los azúcares refinados, las grasas saturadas y un exceso de sal.
  • Evitar hábitos nocivos, como el consumo de alcohol, tabaco o drogas.
  • Controlar los factores de riesgo cardio y cerebrovasculares, como la tensión arterial, la diabetes, etc.
  • Dormir bien, ya que el sueño mantiene nuestra mente y nuestro cuerpo sano. En función de la edad se necesita dormir más o menos tiempo:
    • Los bebés duermen unas 17 horas al día.
    • Los niños mayores necesitan de 9 a 10 horas cada noche.
    • Los adultos, en general, necesitan unas 8 horas de sueño cada noche.
    • Las personas mayores también necesitan alrededor de 8 horas, pero suelen tener sólo un período de sueño profundo en toda la noche, este suele tener lugar en las primeras 3 ó 4 horas. Después del mismo, se despiertan con mayor facilidad.

Otros factores que condicionan el bienestar de la mente

Junto al bienestar físico hay otros determinantes que contribuyen a fortalecer o debilitar la mente: factores sociales, biológicos y psicológicos. Por ejemplo, las presiones socioeconómicas a las que se ven sometidas ciertas comunidades suponen un riesgo para el bienestar mental de las personas que las padecen.

Asimismo, la mente también se debilita y sufre cuando se expone a cambios sociales rápidos, condiciones de trabajo estresantes, discriminación de género, exclusión social o violaciones de los derechos humanos.

Y, por último, hay factores que no se pueden controlar, como los biológicos (genes) o características propias de la personalidad de cada uno que hacen que la mente sea más o menos vulnerable a los trastornos mentales.

La importancia de lo que pensamos para afrontar el día a día

El mundo complejo en el que se vive hace que tomar buenas decisiones sea cada vez más difícil. Sin embargo, si la mente y el cerebro se ejercitan y “están en forma” la calidad de vida es mejor y la forma de pensar es más crítica, creativa e inteligente. Para ello hay que intentar ver siempre las cosas desde distintos puntos de vista, lo cual requiere el desarrollo de un hábito de reflexión, útil para tomar decisiones adecuadas.

Aprender a pensar

Pensar es una capacidad que también se aprende. Así, según la clasificación de Benjamín Bloom, pensar supone:

  • Conocer: recibir información por medio de la lectura, la observación, el diálogo, etc.
  • Comprender: poder decir con otras palabras la información que se ha recibido, demostrando así que se entiende lo que se ha aprendido.
  • Aplicar: poder utilizar en cualquier ámbito la información que ya se conoce y se comprende.
  • Analizar: habilidad para poder hacer un análisis de la información, es decir, ser capaz de conocerla al detalle, separando y distinguiendo las partes que la componen.
  • Sintetizar: capacidad de poder resumir o sintetizar la información.
  • Evaluar: identificar el valor de la información para darla como válida o desestimarla. Evaluar implica, por ejemplo, comparar, discriminar, juzgar o verificar datos.

Pensar es, por tanto, una actividad del sistema cognitivo donde intervienen diferentes mecanismos: memoria, atención, aprendizaje, procesos de comprensión, etc. Y una de las funciones más importantes del pensamiento es la de resolver problemas y razonar. Y para poder pensar correctamente hay que estar bien a nivel emocional.

Relación entre el pensamiento y las emociones

Lo que cada uno siente es consecuencia directa de lo que piensa, es decir, la manera de pensar sobre lo que ocurre cada día afecta a la forma en la que se siente y los sentimientos condicionan la manera de comportarse. En la vida diaria puede comprobarse, de manera que se asume una noticia o se percibe una situación de una u otra forma según el estado emocional que se tenga en ese momento. Así pues, un mismo suceso puede dar lugar a emociones muy diferentes según el pensamiento que se tenga.

Es evidente, por tanto, la relación directa de los pensamientos con las emociones. Pero ¿Se pueden cambiar los sentimientos? ¿Y los pensamientos? El modo de sentir es complicado de cambiar. Sin embargo, sí que se pueden favorecer los pensamientos positivos. Así, mejorarán los sentimientos y con ello se favorecerá una mejor toma de decisiones.

Controlar los pensamientos negativos

Ante determinadas situaciones o en función del estado de ánimo, a veces pueden aparecer con más o menos frecuencia pensamientos negativos erróneos. Estos pensamientos, también llamados distorsiones cognitivas, hacen que se interpreten de forma errónea las situaciones.

Las distorsiones cognitivas más frecuentes son:

  • Exagerar lo negativo: creer que las cosas son mucho peores de lo que realmente son.
  • Generalizar en exceso: al pensar, por ejemplo, que “no he hecho nada” cuando no he sido capaz de terminar una cosa.
  • Ignorar lo positivo: se tiende a transformar experiencias neutras o incluso positivas en negativas.
  • Asumir la responsabilidad ante un hecho negativo cuando no hay fundamento para hacerlo.
  • Llevar las cosas a los extremos, es decir, blanco-negro, inteligente-torpe, bueno-malo. Aunque es normal cometer errores y ello no implica que uno sea inútil.
  • Sacar conclusiones antes de tiempo. Esto ocurre, por ejemplo, cuando uno piensa: “Si lo vuelvo a llamar otra vez, pensará que soy un pesado. Haré el ridículo”.

Estos pensamientos se pueden modificar. Para ello hay que cambiar la forma de pensar y así se modifican las emociones y también la conducta.

El pensamiento positivo

La positividad ayuda a mantener la salud de nuestra mente. Y aunque a todo el mundo le gustaría ser feliz, las circunstancias no siempre son las más favorables para conseguirlo. Pero hay que intentar mirar las situaciones negativas desde un ángulo diferente al habitual y tomarse un tiempo para analizarlas. Esto puede ayudar a sentirse con una mayor autoconfianza y positividad.

Pensar en positivo no implica que haya que ignorar la realidad que hay alrededor. El pensamiento positivo supone ver los problemas y reconocer su realidad, pero siendo capaz de encontrar soluciones a ese problema.

Y son numerosas las investigaciones que constatan los beneficios de ser optimista: un mejor estado de ánimo, mayor satisfacción con la vida, éxito personal y profesional, etc. En definitiva, un bienestar físico, psicológico y social. Y ¿cómo conseguirlo? Algunas pautas para lograrlo son:

  • Convertir los pensamientos negativos en positivos. Por ejemplo:
    • Pensamiento negativo: “No me apetece nada tener que ir a esa fiesta esta noche. Nunca sé que decirle a la gente que me presentan y lo paso mal”.
    • Pensamiento positivo: “Esta noche en la fiesta tendré la oportunidad de conocer a personas interesantes”.
  • Evitar las frases negativas.
  • Utilizar frases en presente. Por ejemplo, “me siento seguro/a”, en lugar de “me sentiré seguro/a”.
  • Cuando surjan pensamientos negativos, intentar cambiarlos por positivos.
  • Empezar el día con optimismo, diciéndose pensamientos positivos, como “voy a tener un día estupendo”.

Cuanto más se practica este hábito más fácil le resulta a la mente encontrar lo positivo.

Factores que influyen en nuestra reacción ante situaciones adversas

Cuando uno ve noticias sobre sucesos o catástrofes suele ser habitual preguntarse cómo se reaccionaría si se viviera en primera persona una situación semejante. Para poder predecir la reacción de una persona ante una situación de crisis hay que tener en cuenta, entre otros, los siguientes factores:

  • La personalidad. En función de la misma, en situaciones de crisis se destacan tres rasgos de personalidad:
    • Histérico: la persona muestra conductas exageradas, escandalosas o infantiles.
    • Depresivo: el individuo es pesimista ante la situación y se encuentra desmoralizado.
    • Obsesivo: se tienen ideas fijas e irrechazables.
  • Nivel de formación. En general, cuanto menos nivel educativo se tiene, mayor es la inseguridad o el desconcierto.
  • El género.
  • La edad. Por ejemplo, en las personas adultas suele haber más autocontrol y cooperación, frente al desorden y la desinhibición de las personas más jóvenes.
  • Las condiciones físicas.
  • Aislamiento-apoyo emocional. Las personas que viven o están solas suelen mostrar más inseguridad e incertidumbre.
  • La tolerancia que se tenga a la frustración.
  • La percepción del riesgo.

A estos factores, hay que unir la parte emocional. De la duración e intensidad de las emociones depende que la conducta sea más o menos adecuada a la situación. Las reacciones más comunes son: miedo, ansiedad, angustia, pánico…

Reacciones ante situaciones difíciles

En algún momento de la vida todo el mundo se tiene que enfrentar a una situación difícil, bien sea laboral, familiar, sentimental, social, etc. Ante estas situaciones, se pueden producir una serie de reacciones que si no se gestionan bien pueden hacer que el bienestar emocional se resienta.

Estrés

El estrés es una reacción normal y habitual de las personas ante los cambios o desafíos que surgen cada día. Consiste en activarse durante un período de tiempo y dedicar más recursos para resolver situaciones concretas que requieren más esfuerzo del habitual. Una vez conseguido el objetivo, se recupera la situación inicial.

En sí mismo y si se produce en su justa medida, el estrés no es malo. Mientras que si se mantiene en el tiempo puede afectar al estado de salud. Un estrés constante provoca ansiedad, irritabilidad o ira. Además, supondrá más cansancio físico al gastar más energía y descansar menos. También, ante situaciones mantenidas de estrés en el tiempo, es común: que se caiga el pelo o se vuelva más quebradizo, la piel se reseca, respirar más rápido, tensión muscular, etc.

En función de en qué ámbito de la vida se genera el estrés, este puede clasificarse, entre otros, en:

  • Estrés académico. El que se produce por ejemplo en época de exámenes.
  • Estrés laboral, cuando por ejemplo hay que entregar un trabajo en un plazo muy corto de tiempo.
  • Estrés familiar, motivado por conflictos o falta de apoyo.
  • Estrés económico, por ejemplo, si existe una situación de desempleo o hay problemas para pagar la hipoteca.

Por otro lado, y según el impacto que tenga la situación sobre la persona, se habla de:

  • Estrés traumático. Hace referencia a situaciones violentas o dramáticas en las que puede estar en juego la vida o la de las personas del entorno. Algunos ejemplos son los accidentes, los atentados, las guerras, las enfermedades graves, etc.
  • Sucesos vitales estresantes mayores, como las situaciones que cambian notablemente la vida. Es el caso de la muerte natural de un ser querido, un divorcio, un desahucio o la ruina económica.
  • Sucesos vitales menores, como los problemas cotidianos que ocasionan alteraciones y emociones negativas en la vida diaria. Un ejemplo es un pequeño golpe en el coche.
  • Estresores crónicos menores, como el ruido incontrolable durante la jornada laboral o las temperaturas extremas en el lugar de trabajo.

Para afrontar mejor el estrés, pueden tenerse en cuenta los siguientes consejos:

  • Ser consciente de que el estrés causa problemas en el día a día.
  • Gestionar el tiempo. Hay que tratar de organizarse para hacer cosas de forma consecutiva, en lugar de varias a la vez. También hay que intentar descansar cada cierto tiempo e irse de vacaciones al menos una vez al año.
  • Ordenar las preocupaciones. Es conveniente clasificarlas en función de si no se puede hacer nada o se puede hacer algo al respecto. En este último caso, ver las posibles soluciones que hay para cada una.
  • Resolver los problemas que sean posibles y pedir ayuda si es necesario. También es importante aprender a decir “no”.
  • No exigirse demasiado y ponerse metas realistas.
  • Pensar en el presente.
  • Mirar las prioridades a largo plazo. Para ello, hay que examinar lo que está provocando mucho estrés y preguntarse: ¿Qué puedo desechar o cambiar?, ¿cómo puedo conseguir más equilibrio entre el trabajo, la vida familiar y social? y ¿cuáles son mis prioridades?
  • Tener unos hábitos de vida saludable, cuidando la alimentación, fomentado la práctica de ejercicio y durmiendo lo suficiente.
  • Evitar fumar y beber en exceso, aunque piense que le relaja tiene el efecto contrario.
  • Confiar en otras personas y compartir con ellos las emociones.
  • Aprender a relajarse.

Si pese a todo, el estrés sigue siendo un problema, hay que buscar ayuda profesional.

Ansiedad

La ansiedad es una reacción emocional que aparece cuando hay que enfrentarse a situaciones de alarma, ambiguas o de resultado incierto y ayuda a hacerlas frente. Es necesaria para hacer frente a los problemas, pero también puede convertirse en un problema en sí misma cuando impide hacer las cosas que uno quiere.

Los síntomas que se producen cuando esto ocurre pueden ser de diferente tipo:

  • Físicos: palpitaciones, taquicardia, mareos o sensación de inestabilidad, náuseas, sensación de malestar en el estómago, sudoración excesiva, sensación de ahogo, temblores, rigidez o debilidad muscular, etc.
  • Emocionales: sensación de agobio, miedo, inseguridad, incertidumbre, mayor vulnerabilidad, inquietud, etc.
  • Conductuales: hiperactividad o hipoactividad motora, bloqueo, impulsividad, deseo de escapar o huir de la situación o dificultad para permanecer tranquilo, entre otros.
  • Sociales: dificultades para seguir el curso de una conversación, quedarse en blanco o dificultades para expresar las opiniones y emociones.

Los síntomas concretos que presenta cada persona están determinados por la vulnerabilidad biológica y psicológica, así como sus experiencias vitales.

¿Y qué hacer si se siente ansiedad?

  • Intentar poner en tela de juicio lo que se está pensando en ese momento.
  • Aceptar que las emociones, son molestas, pero normales.
  • Desahogarse con alguien que comprenda lo que ocurre, pero no juzgue.
  • Respirar profundamente tres veces y continuar con la respiración normal.
  • Intentar moverse y no permanecer mucho tiempo sentado.
  • Fomentar las relaciones sociales.
  • Focalizar la atención en estímulos externos y en lo que se va a hacer de forma inmediata.
  • Mantener una alimentación saludable y una buena higiene del sueño.
  • Ponerse objetivos sencillos para conseguir en el día a día.

Trastorno por estrés postraumático

El Trastorno por estrés postraumático (TEPT) es aquel que sufren algunas personas después de haber vivido un acontecimiento traumático. Esta situación puede estar marcada por la muerte de un ser querido o amenazas para la integridad física, bien de uno mismo o de los demás (accidentes de tráfico, maltratos, catástrofes naturales, etc.).

Los síntomas suelen empezar a manifestarse en los tres meses posteriores al acontecimiento traumático, aunque a veces se tienen más tarde:

  • La persona suele tener recuerdos o sueños recurrentes sobre el acontecimiento vivido. Esto provoca malestar, pudiéndose tener sudoración excesiva o palpitaciones.
  • Se tratará de evitar todo lo que recuerde a la situación traumática vivida (lugares, objetos, etc.).
  • Sobresaltarse fácilmente, estar tenso o muy nervioso, tener dificultades para dormir o mantener el sueño e irritabilidad.
  • Síntomas cognitivos y del estado de ánimo:
    • Dificultades para recordar información importante de la experiencia traumática.
    • Alteraciones en la percepción de uno mismo: sentimientos de culpa o remordimiento, baja autoestima, sensación de incomprensión, etc.
    • Pérdida de interés por actividades placenteras.

Esta sintomatología es muy similar en los adolescentes. Sin embargo, en los niños más pequeños los síntomas pueden ser:

  • Orinarse en la cama, cuando ya no lo hacía.
  • Olvidarse de cómo hablar o no poder hacerlo.
  • Revivir la experiencia traumática en el juego.
  • Aferrarse de manera inusual a los padres o a un adulto.

Sufrir trastorno por estrés postraumático puede provocar muchas secuelas en distintos ámbitos de la vida, como depresión, otros trastornos de ansiedad o abuso de sustancias.

Con tratamiento personalizado y supervisión de un profesional de salud mental especializado en este tipo de trauma se puede lograr una mejoría y hacer que desaparezcan los problemas asociados.

El duelo

La palabra duelo proviene del término latino dolus, que significa dolor. Es una reacción que se produce como consecuencia de la pérdida de un ser querido. Aunque la palabra “duelo” también se utiliza para referirse al estado de pensamiento y sentimiento que se produce como consecuencia de cualquier pérdida, bien sea una cosa, un empleo, una relación, etc.

Superar el duelo requiere un periodo de tiempo, ya que no es sólo un sentimiento, sino un encadenamiento de sentimientos. Durante el periodo de tiempo que transcurre desde que se produce la pérdida hasta que ésta se acepta y uno se recupera, se pasa por diferentes fases:

  • En los primeros momentos, horas o días, uno se siente aturdido. Es como si lo que ha pasado no fuera real. Ver el cuerpo o asistir al funeral de una persona querida puede generar mucha pena y dolor, pero a la vez puede ser una buena ocasión para enfrentarse a la realidad y comenzar a sentir la pérdida.
  • Pasados unos días, la sensación será de añoranza de la persona fallecida. Se trata de buscarle, aunque se sabe que es imposible. Es difícil concentrarse, relajarse y dormir bien.
    Es habitual sentir su presencia en los sitios en los que se había estado con esa persona y mostrar enfado o resentimiento hacia las personas más cercanas. En cualquier caso, se recomienda volver poco a poco a la rutina.
  • Durante varios meses, es normal pensar continuamente en el ser querido, reviviendo los buenos y malos momentos compartidos. Esto es fundamental para reconciliarse con su muerte.
    Pero poco a poco, y a medida que pasa el tiempo, el dolor comienza a aliviarse, la tristeza disminuye y es posible mirar hacia el futuro y pensar en otras cosas.
  • Así se llega a la fase de aceptación, “dejar marchar” a la persona fallecida y comenzar la vida sin ella.

Estas fases se suelen superponer y manifestarse de diferentes maneras, ya que cada persona lo vive de una manera y necesita su tiempo.

Por eso, se puede distinguir entre tres tipos de duelo:

  • El duelo normal, como el que se acaba de describir, cuando la persona se sobrepone a la pérdida y afronta de forma efectiva el duelo.
  • El duelo de riesgo es aquel en el que las circunstancias hacen que el proceso sea especialmente complicado. Algunas de ellas son: muerte repentina, muerte de un hijo, fallecimiento de los progenitores de un adolescente o adulto joven, la etapa de la vida en la que se encuentre el pariente del difunto, etc.
  • Duelo patológico. A menudo es difícil de distinguir de la depresión u otras enfermedades asociadas al duelo. Entre sus síntomas, de los cuales al menos uno se mantiene a diario y durante al menos 12 meses, en el caso de los adultos, o 6 meses en los niños: añoranza persistente del fallecido, pena y malestar emocional intensos en respuesta a la muerte, preocupación en relación con el fallecido y preocupación acerca de las circunstancias de la muerte.
    Además, deben darse otras características y en función de ello se determinará el tratamiento. El apoyo psicológico es el tratamiento de elección en atención primaria.

En general, cada persona tiene diferentes necesidades mientras transcurre el proceso de duelo. Durante los días, semanas y meses posteriores al fallecimiento:

  • Es mejor no realizar grandes cambios.
  • Se deben mantener unos hábitos de vida saludables.
  • Solucionar el testamento y desprenderse de su ropa.
  • Mantener el contacto con la familia y los amigos.
  • No consumir alcohol en exceso.
  • Compartir los pensamientos y sentimientos con otra persona.
  • Recurrir a un profesional sanitario si no se encuentra bien transcurrido un tiempo e incluso empeora.

Afrontar la vuelta a la normalidad tras una situación difícil

A lo largo de la vida hay que enfrentarse a situaciones difíciles que generan cambios. Unas personas se adaptan mejor que otras. Esta capacidad para lograr adaptarse y afrontar las dificultades es lo que se denomina resiliencia.

La palabra resiliencia proviene del latín “resilio”, que significa volver de un salto o rebotar. “Rebotar” de una experiencia difícil como si uno fuera una pelota o un resorte. Las dificultades pueden estar derivadas de un trauma, una tragedia, una amenaza, problemas familiares, de salud o situaciones estresantes del trabajo o económicas.

En general, todo el mundo pone en práctica esta capacidad para lograr adaptarse a las dificultades en algún momento de su vida. Buen ejemplo de ello es la respuesta de las personas en los Estados Unidos a los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 y sus esfuerzos individuales para reconstruir sus vidas. Esta adaptación, es decir, ser resiliente, no significa que no se experimente angustia o dolor.

La resiliencia no es algo que se pueda tener o no, sino que son un conjunto de pensamientos, emociones y conductas que pueden ser aprendidas y desarrolladas por cualquier persona.

El apoyo y el amor de la familia y el entorno es uno de los factores más importantes que contribuyen a desarrollar la resiliencia. Junto a este, hay otros factores que cada persona puede desarrollar por sí misma:

  • La capacidad para hacer planes realistas y seguir los pasos necesarios para llevarlos a cabo.
  • Una visión positiva de sí mismo, y confianza en las fortalezas y habilidades.
  • Destrezas en la comunicación y en la solución de problemas.
  • La capacidad para manejar sentimientos e impulsos fuertes.

Para poder adaptarse mejor a las situaciones difíciles se recomienda:

  1. Relacionarse socialmente. Es importante mantener una buena relación con familiares cercanos, amistades y demás personas. Aceptar la ayuda y el apoyo, así como ayudar a otros que lo necesitan, también es beneficioso.
  2. Ver los problemas como retos a superar. No puede evitarse que ocurran eventos que producen mucha tensión, pero sí puede cambiarse la manera de interpretarlos y reaccionar ante ellos.
  3. Aceptar que el cambio es parte de la vida. Ser realista y aceptar que hay circunstancias que no pueden cambiarse ayuda a enfocarse sobre las que sí que se puede actuar.
  4. Fijarse unas metas y unos objetivos realistas.
  5. Actuar. Ante situaciones adversas, es mejor reaccionar de la mejor manera que se pueda que ignorar los problemas y desear que desaparezcan.
  6. Buscar oportunidades para descubrirse a sí mismo. Muchas personas como resultado de la lucha contra la adversidad, aprenden algo sobre sí mismas y experimentan un crecimiento personal.
  7. Mirarse a uno mismo de forma positiva. Desarrollar la confianza personal en la capacidad para resolver problemas y confiar en los instintos, ayuda a construir la resiliencia.
  8. Ver las cosas con perspectiva. Aun cuando hay que enfrentarse a hechos dolorosos, hay que tratar de considerar la situación que causa tensión en un contexto más amplio y mantener una perspectiva a largo plazo.
  9. No hay que perder la esperanza. Una visión optimista permite esperar que ocurran cosas buenas en la vida.
  10. Cuidar de sí mismo ayuda a mantener la mente y el cuerpo preparados para enfrentarse a situaciones que requieren resiliencia.

El contenido que se proporciona en esta literatura es información general. En ningún caso debe sustituir ni la consulta, ni el tratamiento, ni las recomendaciones de su médico.