Infecciones bacterianas

La mayoría de los episodios de fiebre que se producen en los niños se debe a infecciones víricas, aunque las infecciones bacterianas también pueden ser la causa de fiebre. Las infecciones bacterianas pueden ser graves, pero habitualmente son tratadas de inmediato con antibióticos. El diagnóstico precoz de una infección bacteriana es fundamental para asegurar su tratamiento inmediato.

Una infección bacteriana suele ser difícil de diferenciar de una infección vírica. En general, las infecciones bacterianas tienden a producir más fiebre (a veces alcanzan los 41 ºC) y causan un aumento mayor del número de glóbulos blancos. Los niños que corren mayores riesgos de contraer infecciones bacterianas son los bebés menores de dos meses de edad, los que no tienen bazo o padecen otro trastorno del sistema inmune y los que están afectados por una anemia drepanocítica. En los climas templados se producen muchas infecciones bacterianas y víricas en los meses de invierno, quizás favorecidas por las aglomeraciones en lugares cerrados, aunque algunas también se manifiestan en el verano.

Difteria

La difteria es una infección contagiosa que a veces resulta mortal y que está causada por la bacteria Corynebacterium diphtheriae.

Hace algunos años, la difteria era una de las causas principales de muerte infantil. Hoy en día la difteria es muy poco frecuente en los países desarrollados, principalmente gracias a la vacunación masiva contra la enfermedad. Sin embargo, las bacterias de la difteria todavía existen en el mundo y pueden causar brotes epidémicos si no se recurre a una vacunación amplia. El brote más importante de los últimos 50 años tiene lugar actualmente en Rusia y en otros países de la anterior Unión Soviética.

Las bacterias de la difteria se encuentran habitualmente en las gotas de humedad que se expulsan con la tos. Rara vez las bacterias pueden propagarse a través de objetos o de artículos contaminados del hogar, como ropa o juguetes. Habitualmente las bacterias se multiplican en la superficie o cerca de las membranas mucosas de la boca o de la garganta, donde causan inflamación. Algunos tipos de Corynebacterium diphtheriae liberan una toxina potente que puede causar lesiones en el corazón y el cerebro.

Síntomas

La infección empieza entre uno y cuatro días después de la exposición a las bacterias. Los síntomas suelen comenzar con una inflamación leve en la garganta y con dolor al tragar. Por lo general, el niño tiene algo de fiebre, una frecuencia cardíaca acelerada, náuseas, vómitos, escalofríos y dolor de cabeza. Los ganglios linfáticos del cuello pueden inflamarse. El niño puede tener mucha mucosidad en la nariz que, a menudo, sólo afecta a un orificio nasal, si las bacterias se localizan en la nariz. La inflamación puede extenderse de la garganta a la caja de la voz (laringe) y puede causar hinchazón de la garganta hasta el punto de estrechar la vía respiratoria y dificultar la respiración.

En la mayoría de los casos, las bacterias forman una seudomembrana (una lámina de material compuesto de glóbulos blancos muertos, bacterias y otras sustancias) cerca de las amígdalas u otras áreas de la garganta. La seudomembrana es áspera y tiene un color gris sucio. Si se extrae bruscamente, puede producirse una hemorragia de las membranas mucosas subyacentes. La seudomembrana puede estrechar los conductos respiratorios o desprenderse de improviso y bloquear completamente la vía respiratoria, impidiendo que el niño pueda respirar (una situación urgente). Sin embargo, algunos niños con difteria leve nunca llegan a desarrollar una seudomembrana.

Si las bacterias liberan una toxina, ésta puede diseminarse por el flujo sanguíneo y dañar los tejidos de todo el cuerpo, sobre todo el corazón y los nervios. La lesión del músculo cardíaco (miocarditis) es habitualmente muy grave entre el día 10 y el 14, pero puede ocurrir en cualquier momento entre la primera y la sexta semana. La lesión cardíaca puede ser ligera, y en ese caso puede manifestarse sólo como una anomalía menor en el electrocardiograma, o muy grave, hasta el punto de causar insuficiencia cardíaca y muerte súbita.

La toxina generalmente afecta a ciertos nervios, como los de la garganta, y provoca dificultades para tragar. Estos nervios suelen afectarse durante la primera semana de la enfermedad. Entre la tercera y la sexta semana pueden inflamarse los nervios de los brazos y de las piernas, produciendo debilidad. El corazón y los nervios se recuperan lentamente a lo largo de varias semanas.

La difteria también puede afectar a la piel (difteria cutánea). Aunque es más frecuente en los trópicos, la difteria cutánea también ocurre en algunos países desarrollados, particularmente en personas con escasa higiene que viven en núcleos superpoblados (por ejemplo, las personas sin hogar). En casos muy raros la difteria afecta a la vista.

Diagnóstico y tratamiento

El médico piensa en la difteria cuando un niño enfermo tiene la garganta irritada y presenta una seudomembrana. El diagnóstico puede confirmarse sacando un espécimen de la membrana de la garganta del niño con un hisopo para realizar un cultivo de las bacterias.

El niño con síntomas de difteria es hospitalizado en una unidad de cuidados intensivos y recibe una antitoxina (anticuerpo que neutraliza la toxina de la difteria que está circulando), tan pronto como sea posible. Sin embargo, debe primero asegurarse, mediante un análisis especial de la piel, de que el niño no es alérgico a la antitoxina, que está fabricada con suero de caballo. Un niño alérgico a la antitoxina primero debe ser desensibilizado; para ello, se comienza con dosis muy pequeñas de antitoxina y progresivamente se van aumentando.

En la unidad de cuidados intensivos, el médico y las enfermeras comprueban que la respiración no esté obstruida y que el corazón funcione de forma satisfactoria. Después se administran antibióticos, como penicilina o eritromicina, para erradicar las bacterias de la difteria.

La recuperación después de una difteria grave es lenta y un niño con la infección debe evitar reanudar sus actividades demasiado pronto, ya que incluso el ejercicio físico normal puede causar daño a un corazón inflamado.

Las infecciones bacterianas pueden prevenirse mediante una vacunación sistemática*

  • Difteria.
  • Infección por Hemophilus influenzae tipo b (meningitis, epiglotitis, ciertas infecciones oculares graves, algunos tipos de bacteremia oculta).
  • Tos ferina.
  • Tétanos.

*Muchas infecciones víricas también pueden prevenirse con una vacunación sistemática. (v. cuadro, página 1235)

Prevención

Los niños son inmunizados contra la difteria de forma sistemática. La vacuna de la difteria se combina habitualmente con la vacuna del tétanos y de la tos ferina (pertussis), bajo la denominación DTP (difteria-tétanos-pertussis). Si alguien que ha sido vacunado contra la difteria entra en contacto con una persona infectada, una dosis de refuerzo aumenta la protección.

Cualquier persona en contacto con un niño infectado debe ser examinada y debe sacarse una muestra de su garganta con un hisopo para realizar un cultivo. Preventivamente se le administran antibióticos durante 7 días y se le controla para detectar cualquier signo de la enfermedad. También se vacunará y se administrará una dosis de refuerzo que contenga la bacteria de la difteria a cualquier persona que esté en contacto con un niño infectado y que no haya sido vacunado o que no haya recibido una dosis de refuerzo en los 5 años anteriores. Las personas con cultivos de garganta negativos y que recientemente hayan sido vacunadas contra la difteria no necesitan tratamiento y tampoco suponen un riesgo para los demás. Sin embargo, los portadores de bacterias de la difteria (que no tienen síntomas) sí pueden propagar la enfermedad; por consiguiente, estas personas también requieren antibióticos y se les deben realizar cultivos repetidos de la garganta para detectar evidencia de la enfermedad.

Tos ferina

La tos ferina es una infección muy contagiosa causada por la bacteria Bordetella pertussis, que origina ataques de tos que habitualmente terminan en una inspiración prolongada, profunda y que emite un sonido agudo (ferina).

La tos ferina, que en un momento hizo estragos en muchos países y aún es un problema importante en el mundo, se presenta nuevamente con cierta frecuencia en algunos países desarrollados. Cada 2 o 4 años se producen epidemias locales. Una persona puede desarrollar tos ferina a cualquier edad, pero la mitad de los casos ocurre en niños menores de 4 años. Un ataque de tos ferina no siempre garantiza una inmunidad para toda la vida, pero el segundo ataque, si ocurre, suele ser leve y no siempre se reconoce como tal.

Una persona infectada propaga organismos de tos ferina al aire a través de las gotas de humedad que expulsa al toser. Cualquiera que se encuentre cerca puede inhalarlas e infectarse. Una persona con tos ferina habitualmente no es contagiosa a partir de la tercera semana de la enfermedad.

Síntomas y diagnóstico

Los síntomas de la enfermedad empiezan, en general, a los 7 o 10 días después de haberse expuesto a las bacterias de tos ferina. Las bacterias invaden el revestimiento de la garganta, la tráquea y el aparato respiratorio, aumentando la secreción de mucosidad. Al principio la mucosidad es escasa y fluida, pero después se vuelve espesa y pegajosa. La infección dura aproximadamente 6 semanas y pasa por tres fases: síntomas leves de resfriado (fase catarral), ataques intensos de tos (fase paroxística) y recuperación gradual (fase de convalecencia).

El médico que visita a un niño en la primera fase (catarral) tiene que saber diferenciar la tos ferina de la bronquitis, de la gripe y de otras infecciones víricas, e incluso hasta de la tuberculosis, ya que todas ellas tienen síntomas similares. El médico recoge muestras de mucosidad de la nariz y la garganta con un hisopo pequeño que se envían al laboratorio para su cultivo. Si un niño se encuentra en la fase inicial, el cultivo puede identificar las bacterias de tos ferina entre el 80 y el 90 por ciento de los casos. Desgraciadamente, las bacterias son difíciles de cultivar en las fases más avanzadas de la enfermedad, aunque la tos esté en su peor momento. Pueden obtenerse resultados más rápidamente si se analizan las muestras para detectar bacterias de tos ferina utilizando anticuerpos especiales, pero esta técnica es menos fiable.

Complicaciones

Las complicaciones más frecuentes afectan a los conductos respiratorios. Los bebés corren el riesgo de lesionarse debido a la falta de oxígeno tras las pausas en la respiración (apnea) o los ataques de tos. Los niños pueden contraer neumonía, que puede ser mortal. Durante los ataques de tos, el aire puede ser expulsado fuera de los pulmones hacia los tejidos circundantes, y también los pulmones pueden sufrir una rotura y colapsarse (neumotórax). Los ataques de tos violentos pueden causar hemorragia en los ojos, en las membranas mucosas y, ocasionalmente, en la piel o el cerebro. Puede aparecer una llaga en la parte inferior de la lengua si ésta choca contra los dientes inferiores durante los ataques de tos. En algunas ocasiones, la tos puede causar que el recto protruya hacia el exterior (prolapso rectal) o que se produzca una hernia en el ombligo, que puede manifestarse como un bulto.

Los bebés pueden sufrir convulsiones, pero éstas no son frecuentes en los niños de mayor edad. La hemorragia, la hinchazón o la inflamación cerebral pueden causar lesiones en el cerebro y producir retraso mental, parálisis u otros problemas neurológicos. En la tos ferina con frecuencia también se dan infecciones del oído (otitis media).

Estadios de la tos ferina

Primer estadio (catarral) Segundo estadio (paroxístico) Tercer estadio (convalecencia)

Comienzo

Comienza progresivamente entre 7 y 10 días (no más de 3 semanas) después de la exposición. Comienza entre 10 y 14 días después de los primeros síntomas. Comienza entre 4 y 6 semanas después de los primeros síntomas.
Síntomas
Estornudos, ojos llorosos, otros síntomas de resfriado: falta de apetito; apatía; tos molesta y seca, primero por la noche y después durante el día, cada vez con mayor frecuencia; la fiebre es poco común. Accesos de tos de 5 a 15 o más consecutivos y rápidos, seguidos de jadeo (una inhalación apresurada y profunda que produce un ruido agudo). Después de varias respiraciones normales, puede comenzar otro acceso de tos. A través de la tos es posible que se elimine gran cantidad de moco espeso (que los bebés y los niños suelen tragar o que puede observarse como burbujas grandes que salen por la nariz) durante o después del acceso. Un acceso prolongado de tos o mucosidad espesa puede causar vómitos. En los bebés, los momentos de ahogo y pausas en la respiración (apnea), que pueden hacer que la piel se vuelva de color azul, son más comunes que los jadeos. Los accesos de tos se tornan menos frecuentes y menos graves; los vómitos disminuyen; el niño parece estar  recuperándose y se siente mejor. Pueden producirse accesos de tos ocasionales durante meses, normalmente desencadenados por una irritación derivada de infección de las vías respiratorias, como un resfriado.

Pronóstico y tratamiento

La inmensa mayoría de los niños con tos ferina se recupera completamente, aunque de forma lenta. Entre el uno y el dos por ciento aproximadamente de los niños menores de un año muere. La enfermedad puede ser grave para cualquier niño menor de dos años y es molesta, pero raramente grave, en los niños más grandes y en los adultos. Sin embargo, son los niños mayores y los adultos con enfermedad leve los que habitualmente transmiten tos ferina a los más pequeños.

Los bebés muy enfermos suelen ser hospitalizados porque necesitan cuidados y oxígeno y pueden requerir tratamiento en una unidad de cuidados intensivos. Se les instala en una habitación silenciosa y con poca luz y se intenta perturbarlos lo menos posible. Una perturbación puede provocar un ataque de tos, que a su vez puede causar dificultades respiratorias. Los niños de más edad con enfermedad leve no requieren reposo en la cama.

Durante el tratamiento, puede extraerse mucosidad de la garganta. De ser necesario, en casos graves, se coloca un tubo en la tráquea para oxigenar directamente los pulmones. El valor de los medicamentos para la tos es dudoso y, habitualmente, no se utilizan.

Se pueden administrar fluidos intravenosos para reemplazar los líquidos perdidos durante los vómitos y porque la tos puede impedir la alimentación del bebé. Es importante mantener una buena nutrición y a los niños de más edad es mejor ofrecerles poca cantidad de comida, pero con frecuencia.

La eritromicina suele indicarse para erradicar las bacterias que causan la tos ferina. También se utilizan antibióticos para combatir las infecciones que acompañan a la tos ferina, como la bronconeumonía y la infección leve del oído medio.

Prevención

Los niños son sistemáticamente inmunizados contra la tos ferina. La vacuna de la tos ferina se combina habitualmente con vacunas contra la difteria y el tétanos y recibe el nombre de DTP (difteria-tétanos-pertussis). Las personas expuestas a la tos ferina reciben eritromicina como medida profiláctica.

Bacteriemia oculta

La bacteriemia oculta es la presencia de bacterias en el flujo sanguíneo, aunque no hay signo de infección en ninguna otra parte del cuerpo y el niño no parece particularmente enfermo.

La bacteriemia oculta es responsable de hasta el 4 por ciento de las fiebres en bebés de entre uno y 24 meses de edad. En más del 75 por ciento de los casos, la infección se debe a la bacteria Streptococcus pneumoniae. A veces, el niño tiene una infección leve en el aparato respiratorio o tiene la garganta inflamada, pero a menudo el único síntoma es la fiebre (habitualmente 38,5 ºC o más). La única manera de establecer el diagnóstico es aislando las bacterias en la muestra de sangre. Los análisis que no son específicos, como el recuento de glóbulos blancos, se utilizan para determinar si el riesgo de infección bacteriana (en contraposición a la infección vírica) es tal que se requiere la administración de antibióticos antes de que estén disponibles los resultados de los cultivos en sangre. La bacteriemia oculta se trata con antibióticos.

Gastroenteritis infecciosa

La gastroenteritis infecciosa es una infección del aparato gastrointestinal (digestivo) que causa vómitos y diarrea.

Son muchas las bacterias que pueden causar gastroenteritis. Algunas provocan síntomas al producir toxinas, otras crecen en la pared intestinal. Si crecen dentro de la pared pueden pasar al flujo sanguíneo. Los virus y los parásitos, como por ejemplo Giardia, pueden también causar gastroenteritis. De hecho, un virus (el rotavirus) es responsable de casi la mitad de los casos de diarrea grave que requieren hospitalización en los países desarrollados y en aquellos en vías de desarrollo. Las bacterias y los parásitos son un poco menos importantes en los primeros que en los segundos, pero producen brotes de intoxicación alimentaria y también diarrea. Las consecuencias de la diarrea grave en los países industrializados difieren mucho de las que se producen en los países en vías de desarrollo. Por ejemplo, en un país como los Estados Unidos, aun cuando se registran todos los años millones de episodios de diarrea infantil, sólo se producen algunos cientos de muertes, mientras que la diarrea mata cada año a más de 3 millones de niños menores de 5 años en los países en vías de desarrollo.

Síntomas y diagnóstico

La gastroenteritis habitualmente produce vómitos y diarrea. Para determinar la causa, el médico averigua si el niño ha estado expuesto a una fuente de infección (como una determinada comida, un animal o una persona enferma), la duración de los síntomas, el tipo de síntomas y la frecuencia de los vómitos o de la diarrea, así como la edad del niño.

Al perder demasiada agua y sales (electrólitos) los bebés menores de 6 meses de edad pueden deshidratarse apenas pasadas 24 horas de la manifestación de la gastroenteritis. Sin embargo, cualquier niño puede deshidratarse en 24 horas si los vómitos y la diarrea son graves y si la ingestión de líquidos es inadecuada. Un bebé deshidratado puede tener poco apetito, la boca seca, fiebre y orinar poco, además de estar sediento y perder peso. Una deshidratación más importante hace que los ojos parezcan hundidos y secos y que la zona blanda de la parte superior de la cabeza (fontanela) también parezca hundida. El niño puede estar somnoliento. En los bebés de más edad y los niños pequeños con sobrepeso, los síntomas pueden aparecer sólo cuando la deshidratación ha alcanzado un nivel crítico. Estos niños pueden estar muy débiles y tener la piel caliente y seca y los ojos hundidos y secos.

Tratamiento

Al principio se administran líquidos y electrólitos (habitualmente en una solución oral, pero de forma intravenosa si la deshidratación es grave) para reemplazar los perdidos a causa de los vómitos y la diarrea. Los bebés de más edad y los niños que, a no ser por la diarrea, están sanos, reciben antibióticos sólo para ciertas bacterias y parásitos, como los que causan una diarrea con sangre o el cólera. Los bebés menores de 6 meses y aquellos con un sistema inmune deficiente son tratados con antibióticos, incluso aunque no presenten ninguna señal de infección fuera del intestino. Los antibióticos no son efectivos cuando la gastroenteritis es de origen vírico. Se suelen administrar antibióticos si la diarrea está asociada a un viaje y si es grave o persistente.

Infecciones bacterianas graves de los ojos

Las infecciones bacterianas graves de los ojos producen inflamación y enrojecen el párpado, la piel que rodea al ojo (celulitis periorbital) y el área localizada dentro de la cavidad ocular (celulitis orbital).

La zona que rodea los ojos puede infectarse si el niño tiene una herida, una picadura de insecto o una infección de los senos (sinusitis). La infección también puede extenderse a los ojos desde cualquier otra parte del cuerpo a través de la sangre. Las infecciones simples, como la conjuntivitis, son causadas por bacterias o virus. Los ojos enrojecidos también pueden ser una señal de alergia. Las infecciones simples y los problemas causados por alergias son mucho más frecuentes que las infecciones graves como la celulitis periorbital y orbital.

Síntomas

El primer síntoma de una infección grave del ojo suele ser la inflamación y el enrojecimiento de los párpados. En más del 90 por ciento de los niños con una infección ocular, sólo resulta afectado un ojo. La mayoría de los niños tiene fiebre, aproximadamente el 20 por ciento saca mucosidad por la nariz y otro 20 por ciento presenta una infección en la parte blanca de los ojos (conjuntivitis). En los casos de celulitis orbital el ojo protruye hacia adelante, lo cual paraliza los músculos de los ojos e impide que el ojo se mueva. Los ojos duelen y la visión se ve afectada.

En la celulitis periorbital especialmente, pero también en la celulitis orbital, el párpado puede inflamarse tanto que el oftalmólogo tiene que abrir el ojo con un equipo especial.

La celulitis orbital puede producir un coágulo de sangre que obstruya la arteria principal o la vena que irrigan la retina. Tal obstrucción daña la retina y puede causar ceguera del ojo infectado. A veces la infección se extiende desde la cavidad ocular al cerebro, causando un absceso, o bien a las membranas que cubren el cerebro, causando una meningitis bacteriana. Los coágulos de sangre pueden bloquear las venas que irrigan el cerebro y causar dolores de cabeza, pérdida de la consciencia e incluso la muerte. La celulitis periorbital puede acompañarse de una infección en el flujo sanguíneo, pero generalmente no llega a la cavidad ocular (órbita) ni al cerebro.

Diagnóstico y tratamiento

El médico examina el ojo en busca de alguna evidencia de infección y determina si todavía puede moverse, si está desplazado hacia adelante y si la visión se ha deteriorado. Un análisis de sangre puede contribuir a la identificación de las bacterias que causan la infección. La tomografía computadorizada (TC) puede ser útil para localizar la infección y determinar hasta dónde se ha propagado.

Los niños con infecciones oculares graves se ingresan en un hospital y de inmediato se da comienzo a la terapia antibiótica por vía intravenosa. La celulitis periorbital puede requerir de 10 a 14 días de tratamiento antibiótico (primero por vía intravenosa y quizás después por vía oral). La celulitis orbital puede requerir drenaje quirúrgico así como también dos a tres semanas de tratamiento antibiótico (en su mayor parte administrado por vía intravenosa). Algunos episodios de celulitis periorbital leve pueden responder a los antibióticos suministrados por vía oral. La conjuntivitis más frecuente, pero menos grave, puede tratarse con un antibiótico en gotas oftálmicas o en ungüento, o bien con antibióticos administrados por vía oral durante 7 a 10 días, siempre que la causa sea una bacteria y no un virus.

Epiglotitis

La epiglotitis (a veces llamada supraglotitis) es una infección grave de la epiglotis, que puede evolucionar muy rápidamente, obstruir la respiración y causar la muerte.

La epiglotis es la estructura que cierra la entrada a la caja de la voz (laringe) y a la tráquea durante la acción de tragar. Una infección de la epiglotis casi siempre está causada por la bacteria Hemophilus influenzae tipo b. Muy rara vez las bacterias estreptococos son las responsables, sobre todo en los niños de más edad y en los adultos. La epiglotitis es muy frecuente en niños de 2 a 5 años. Es rara en niños menores de 2 años pero puede afectar a personas de cualquier edad, incluyendo a los adultos.

Epiglotitis
La infección se inicia en el tracto respiratorio superior (a nivel de la faringe y la nariz); posteriormente se disemina hacia la epiglotis, que al inflamarse obstruye la vía aérea.

Epiglotitis

La infección empieza habitualmente en el aparato respiratorio superior como una inflamación de nariz y garganta. Luego baja hacia la epiglotis. A menudo, esta infección se acompaña de la presencia de bacterias en la sangre (bacteriemia).

Síntomas

La epiglotitis puede llegar a ser mortal en muy poco tiempo, porque la inflamación del tejido infectado puede bloquear el aparato respiratorio y cortar la respiración.

La infección suele empezar de repente y progresa rápidamente. Un niño previamente sano comienza a tener la garganta irritada, ronquera y, a menudo, fiebre alta. Es muy frecuente la dificultad al tragar y al respirar. El niño habitualmente babea, respira rápidamente y jadea mientras respira. La dificultad al respirar generalmente induce al niño a inclinarse hacia adelante al tiempo que estira el cuello hacia atrás para tratar de aumentar la cantidad de aire que llega a los pulmones. Este aumento de trabajo para respirar puede producir una acumulación de anhídrido carbónico y una disminución de los valores de oxígeno en la sangre. La epiglotis inflamada dificulta la eliminación de las mucosidades con la tos. Todos estos factores pueden llevar a la muerte en cuestión de horas.

La epiglotitis puede acompañarse de neumonía. La infección a veces puede también propagarse hasta las articulaciones, la membrana que recubre el cerebro, el saco que rodea el corazón o el tejido que se encuentra bajo la piel.

Diagnóstico y tratamiento

La epiglotitis es una urgencia y los niños deben ser hospitalizados de inmediato cuando el médico sospecha que se trata de esta enfermedad. El diagnóstico se realiza examinando la epiglotis con un laringoscopio. Sin embargo, dicho procedimiento puede causar una obstrucción del aparato respiratorio y esto puede conllevar una muerte súbita. Por consiguiente, esta exploración la suele llevar a cabo un especialista, preferentemente en un quirófano y con el niño bajo anestesia general. Si se produce la obstrucción, el médico vuelve a abrir la vía respiratoria inmediatamente insertando un tubo rígido (tubo endotraqueal) en la misma o bien abriendo un orificio en la parte anterior del cuello (traqueostomía).

El médico toma muestras de secreciones de la vía respiratoria superior y de la sangre y los envía al laboratorio para su cultivo. Sin embargo, el tratamiento con antibióticos comienza antes de tener los resultados del cultivo.

Prevención

Existe una vacuna contra el Hemophilus influenzae tipo b. Por consiguiente, en la actualidad es posible prevenir la epiglotitis inmunizando a los bebés. Afortunadamente, en muchos países la epiglotitis está convirtiéndose en una enfermedad rara gracias a la inmunización sistemática. La primera de una serie de inmunizaciones contra Hemophilus influenzae tipo b se aplica generalmente a los 2 meses de edad.

Absceso retrofaríngeo
Habitualmente el absceso es producido por estreptococos provenientes del tracto respiratorio superior.

Absceso retrofaríngeo

Absceso retrofaríngeo

Un absceso retrofaríngeo es una infección de los ganglios linfáticos localizados en la parte posterior de la garganta.

El absceso retrofaríngeo es raro en los adultos ya que los ganglios linfáticos de la parte posterior de la garganta desaparecen cuando el niño se hace mayor, si bien los adultos pueden padecer otros abscesos de cuello y de garganta. Un absceso suele estar causado por una infección estreptocócica que se ha propagado desde las amígdalas, la garganta, los senos, las adenoides, la nariz o el oído medio. Una lesión en la parte posterior de la garganta causada por un objeto afilado, como una espina, a veces puede causar un absceso retrofaríngeo. En muy raras ocasiones, la tuberculosis también puede causar un absceso retrofaríngeo.

Síntomas y diagnóstico

Los síntomas principales de un absceso retrofaríngeo son dolor al tragar, fiebre y agrandamiento de los ganglios linfáticos del cuello. El absceso puede bloquear las vías respiratorias, causando dificultad para respirar. El niño tiende a inclinar la cabeza y el cuello hacia atrás y a elevar la barbilla para facilitar la respiración.

Las complicaciones comprenden una hemorragia alrededor del absceso, una rotura del absceso dentro de las vías respiratorias (que puede bloquearlas) y una neumonía. Puede producirse un espasmo de la laringe y dificultar aún más la respiración. También pueden formarse coágulos de sangre en las venas yugulares del cuello. La infección puede extenderse al pecho.

Después de observar los síntomas de un absceso retrofaríngeo, el médico pide radiografías y una tomografía computadorizada (TC) para confirmar el diagnóstico.

Tratamiento

La mayoría de los abscesos requiere drenaje, que se practica quirúrgicamente abriendo el absceso y permitiendo que drene el pus. Se administra penicilina, clindamicina u otros antibióticos, al principio por vía intravenosa y luego por vía oral.

El contenido que se proporciona en esta página web es información general. En ningún caso debe sustituir ni la consulta, ni el tratamiento, ni las recomendaciones de tu médico.
Manual Merck
Manual Merck

La obra de referencia médica más consultada del mundo, que cubre todas las áreas de la medicina general y sus especialidades.

Actualidad
Actualidad

Accede a información que puede ser de tu interés.


Encuestas
Encuestas

Accede a encuestas y test que te pueden ayudar a conocer un poco más sobre las patologías que te interesen.